miércoles, 1 de junio de 2011

La Televisión

Analizamos la relación entre educación y televisión, a partir del final del artículo: ¿Quién es el público y dónde se le encuentra?de Mariano José de Larra.


En primer lugar, el público es el pretexto, el tapador de los fines particulares de cada uno. El escritor dice que emborrona papel, y saca el dinero al público por su bien y lleno de respeto hacia él. El médico cobra sus curas equivocadas, y el abogado sus pleitos perdidos por el bien del público. El juez sentencia equivocadamente al inocente por el bien del público. El sastre, el librero, el impresor, cortan, imprimen y roban por el mismo motivo. Y, en fin hasta el… pero ¿a qué me canso? Yo mismo habré de confesar que escribo para el público. So pena de tener que confesar que escribo para mí.                                                               
Este párrafo viene a decir que la televisión desarrolla su programación pensando en sí misma y más concretamente en o por la publicidad que emite. El público no le importa porque no le respeta.
En segundo lugar, concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y heterogéneos se compone la fisionomía monstruosa del que llamamos público; que este es caprichos, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que la componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido,  rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin por qué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y que recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido o de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad en gratitud los servicios más importantes, y premia con usura a quién le linsogea y le engaña; y, por último que con gran sin razón querremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados.
Esto quiere decir que la televisión tiende a uniformizar comportamientos, sentimientos, pensamientos, prejuicios, intereses, expectativas… se mueve para la paralización de la razón, y una estrategia relacionada con ello es el índice de audiencia, entendido como consecuencia de un enfoque difuminador de la persona y poco educativo. Como consecuencia de ello, ninguna de aquellas cualidades criticadas del público se atiende o corrige. Más bien, se vale de ellas para su desarrollo.


Como conclusión se puede decir que la televisión puede ser una fuente de posible educación tanto formal como no formal. Decimos posible porque si consideramos la diferencia de potencial educativo entre lo deseable y lo real, el balance es insatisfactorio: la televisión suspende en educación. La televisión es una inmensa fuente educativa bastante desaprovechada, y la realidad social es demasiado desempeorable como para que el medio no reajuste su rol y su función de un modo más útil y eficiente. La educación de la ciudadanía precise de una sinergia constructiva en la que es fundamental la participación sensible y consciente de un medio tan relevante. Quizás sea porque su razón de ser educativas apenas sea iniciada.

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